martes, 26 de julio de 2016

Desenlaces.

     El cuarto encerraba sentimientos que hacían imposible cerrar la puerta. Esta, de par en par hacía posible distinguir dos cuerpos cuyas piezas cansadas se desparramaban sobre el suelo, lejos uno del otro, habiéndose separado más que nunca en ese momento. Separarlos de continente habría sido despeedazarlos tan dolorosamente como lo es que te partan el corazón a besos sin ni siquiera rozarte el pecho.
Desde fuera un susurro correteaba escaleras abajo gateando torpemente hasta colgarse exhausto en la baranda, mientras arriba continuaban emanando sin control palabras que se intercalaban con besos que marcaban un descanso entre el rubor serpenteante de palabras.

Ambos sabían que fuera de esas 4 paredes su realidad, sus sentimientos y su todo se redimía a un rumor. Una hipótesis del proceso experimental donde no tiene donde no tiene hueco que dos individuos regalen cada latido, y cada suspiro, que esconde una dedicatoria secreta y alguna que otra lágrima. Desde esa puerta hacia atrás eran desconocidos, pero bajo ese techo, eran uno solo.

-¿Sabes que te quiero?- Musitó uno mientras contemplaba el techo.-Te quiero ahora.
-¿Antes no? - Contestó el otro ocultando su apesadumbrado mal humor.
- Creo... que no. Supongo que antes te amaba, pero ahora... también te quiero.
-¿Y cuál es la diferencia?
-Bueno... Amarte eraa una especie de admiración de la que no esperaba nada a cambio pero... ahora quiero más.
-¿Qué quieres? - Cuestionó volviéndose sobre sí mismo.
-A ti. De eso se trata. Cada centímetro, cada átomo, cada segundo de tu existencia y... quizás suene egoísta, pero es lo que quiero.

Mientras conversaban, contemplaban las motas de polvo, que a contraluz danzaban levitando en circulos a su alrededor creando vidrieras opacas sobre sus hombros. Tras un breve silencio, reanudaron la disputa.

-No puedo darte más de lo que te he dado ahora y te juro que duele no poder. Casi tanto como duele que no te quieran, o que no te amen... o como lo quieras decir.
-Pero yo no te puedo dar menos. Es injusto. -sollozó
-Por eso creo que esto tiene que acabar... porque somos nosotros los que estamos acabados.-Enunció atenuando el volumen de su voz.
-No te creo.
- Tampoco creías en lo nuestro.
-Pero ahora creo en ti, creo en nosotros.
-Creer no es suficiente. Querer no es suficiente.
-Amar siempre lo es. -gritó mientras comenzaba a arañar sus muslos.

Y mientras se abrazaban, entre sollozos, el mantra doloroso y putrefacto de la sociedad diluyó el caos de la habitación.
-No para algunas personas.-Y lo besó.
Fue el beso más hiriente y descarado que habría osado imaginar. En su mente, se repitió como un aterrador eco para siempre. Fue una esencia de baladre, que en segundos envenena el corazón y fue la despedida de algo que nadi jamás conocería, pero que en silencio, rugió como una bestia al borde de un acantilado desgarrado por el mar.
E hicieron el amor y la guerra. Los dos juntos y sí, revueltos. Las víctimas aveces eligen al verdugo, y ellos decidieron asesinarse mutuamente con cada promesa y cada roce.

Ambos siguieron queriendo a dos mujeres por separado. Mientras que Pablo fingía amar a una tal Sara, Ezequiel fingió no amar a una tal Ginebra. Mientras que uno murió por fuera, el otro, cada día, murió por dentro recordando ser la víctima, el verdugo, el uno, el otro, el principio y... aunque duela, el final.

martes, 12 de julio de 2016

Portazo número siete.

Zumbidos, parpadeos ágiles revoloteando en la escena. Una ópera de bailarinas se deslizan de puntillas sobre una tarima transparente como lágrimas al borde del mentón. Gruesos son los brazos que me aprietan y me zarandean en el cuarto día en el que no estás. Avispas en enjambre aguijonean mi pecho y se marchan como procesiones de arena perseguidas con ansiedad por el viento. Mis dedos aporrean las teclas de un piano que dejó de gritar sus notas cuando cruzaste la puerta, rompiendo la barrera del sonido y los cristales convergentes que nos rodearon tiempo atrás y que solían empañarse con nuestra presencia.
La angustia y la amargura son los sabores tardíos del argot de los enamorados sobre la lengua, habiéndose enamorado como el que cata un vino, cuyos sorbos duelen tanto como mitigan la añoranza de un sentimiento enfermizo que algunos osan llamar amor.
Lo amargo de este es que no tiene antídoto que no sea él en sí. Lo que te destruye acaba siendo cuando descubres que es inútil correr, porque arañó , rompió y penetró con sus raíces tu pecho y... ahora es parte de ti.
Quizá el silencio fue un comodín que decidimos jugar, pero es injusto. Tardaste lo que vive un relámpago sobre el firmamento en sellar la cerradura para marcharte mientras ahora, yo, tardaré mil y una tormentas en olvidar tu voz, y que los truenos se atrevan a enmudecerme, que en silencio gritaré por tu ausencia.
Algún recuerdo tuvo que haberse volatilizado y disipado en la nada para armarte de valor. Alguien o algo tuvo que empujarte a tí fuera de nuestro pedestal y a mi fuera de tu mundo.Así finalizó lo que comenzó cuando sentí que no bastaba con tener motivos para adorarte y entonces, la valentíá, la osadía y el atrevimiento, decidieron hablar sin pedir la palabra.
Las estrellas, en realidad sedientas e insaciables, se resignaron a guardar silencio y observar tu partida, y con ella, la mía, pues cada paso que dimos juntos hizo que doliese más cada paso de diste sin mi. Porque lo nuestro fue como algo que nunca ha sido y dolorosamente acabó durando lo que dura algo que jamás ha existido.

miércoles, 8 de junio de 2016

Tragicomedia.

Él, parecía dosificar sus más profundos sentimientos en un sutil abrazo mientras ella, débil y casi dormida, se refugiaba tímidamente en su pecho enredándose en las sábanas. Estas parecían impedirle huír cuando sus secos labios consiguieron recitar las palabras más duras que Bruno podría escuchar en esos instantes:
-Bruno... ha llegado el momento de que me vaya.
-No... no...-tartamudeó nervioso-no puedes irte aún...
Y la respiración entrecortada de él comenzó a constituir la banda sonora del apocalíptico suceso mientras ella asentía con los ojos cerrados.
-Cada noche prometías quedarte mientras pudieras y siempre acababas marchándote con la luna... y  creo que ignorabas lo que eso significaba para mí.- Comenzó a confesar bajo la apesadumbrada mirada de Claire.- Fingí 32 veces de las que te marchaste sin avisar que no me importaba, que habrían 32 noches más donde te quedarías algún día hasta el atardecer. Fingí no escuchar tus pies aleteando descalzos por el suelo del pasillo,fingí que no era amor... pero tú fingiste sentirlo y... ¿Sabes qué? Fue la mentira más apasionante con la que me han enamorado en mi vida.
Ella, inmóvil, dejó caer una lágrima sobre la almohada y utilizó su silencio como una súplica hacia Bruno, que con cada reproche intentaba enterrar lo mucho que la quería, ahogando su desesperación, que con las manos arrugadas, conseguía bracear y patalear a la superficie una vez más.

-Quizá no fuimos la pareja perfecta, pero eso fué lo más heroico.-Continuó- Nos cubrimos con nuestros complejos, enmarcamos nuestras imperfecciones y nos soplamos el humo del cigarrillo en la cara haciéndonos enfadar, mojando el desdén con el sudor de nuestros cuerpos. Tú gritabas cada vez que te daba la gana que me querías y yo fingía que no me moría por dentro. La gente nos miraba y... ¿sabes qué? Me importaba una mierda todo lo que no calzase tus zapatillas naranjas. Si es lo que quieres... márchate, como cada mañana.-Suspiró, e intentando no mirarla fijamente, secó una lágrima que brotó de su ojo izquierdo a lo largo de su antebrazo para simplemente hacerse creer que no merecía la pena llorar, pero ambos sabían que esa no era una mañana más y que, ni mucho menos, sería una cualquiera.
-Bruno...-Musitó Claire ahogándose en sus propios suspiros, siendo de nuevo interrumpida por él:
-Llegaste como te ibas, apenas sin hacer ruido, pero tu presencia suponía el más ensordecedor alboroto dentro de mi pecho, aunque tú creas que es sólo un chasquido porque así lo aparenta ser desde el lugar desde el que me miras. Rompiste mis esquemas, desordenaste mi escritorio, mezclaste mis libros viejos y, mientras subías las persianas decidiste predicar que el mejor café era el que se servía frío. Y ahora, no te puedes ir. No quiero que te marches, de hecho, tú no quieres marcharte. Dime que no te quieres marchar.
Bruno temía a lo que Claire pudiese llegar a decir antes de alejarse. Sus palabras siempre le suponían un tornado de sugerencias que acababan por darle la vuelta a sus planes y sus planes ahora, consistían en engañarla lo máximo que pudiese para escupirle la verdad, pero sus últimas palabras retumbaron en sus sienes haciendo que la abrazase más fuerte y llorase como un niño.
-No Bruno, esta vez no me quería marchar.
Los sollozos de Bruno fueron la mortaja del último beso, tan apocalíptico como ella lo era, y un aleteo de alaridos, guantes de látex, condolencias, gritos y un pitido sutil, arrollaron a ambos sobre la habitación del hospital.
Si, quizá ella se marchó una mañana más, pero los últimos latidos de su corazón sobre la camilla, se quedaron con él para siempre.


martes, 26 de abril de 2016

ACTO VI

Cómo me gustaría haber descubierto que esa era mi última capa... pero tenía la certeza de que no lo era. Despedazarme una y otra vez, alcanzando un falso núcleo que no era más que el envoltorio de otro de mis traumas resultaba... casi conmovedor. Protagonista  heroico, a la vez que el más retorcido de los villanos, danzaba con osadía girando sobre mis propios pies, a la vez que levantaba mis brazos y, enajenándome del cruel anochecer,llevaba a cavo el apocalíptico papel que me asigné al comenzar la vida. Parecía real, parecía levantarme entre las estrofas del guión y, en ocasiones, parecía disfrutar siendo una mentira. Me mentí un poco, sonreí, y fingí que mi mayor dolor estaría en alguien ajeno a mi. Suena desgarrador ¿No es cierto? Ser un desconocido para mi mismo no era el más patético de los actos, lo más dantesco era que algún día creí que míseramente podía llegar a saber mi nombre. Ni siquiera tuve la certeza de lo que llegaba a ver tras la sombra que proyectaron sobre el techo mis tristes párpados, ni de lo que mis manos palpaban, ni de lo que mis pies pisaron, ni de lo que mi huesuda muñeca consigue esculpir ahora, horas después, sobre el papel. Suena irónico. Los sollozos más inocentes recitaron en mis labios su más sincera prosa y preferí sentarme y aplaudir en lugar de velar por la muerte de otro de mis envoltorios de plástico gris. Las palmas fueron palomas con un aleteo opaco sobre el ocre atardecer.El último rayo de luz fue uno de los clavos oxidados que atravesaron las palmas de mi mano, anclándome a ese recuerdo. Mientras tanto, cerré con fuerza los puños. Mientras mis ojos se entornaban, esperé ansioso el rubor de la mañana sobre mi espalda. Aguardé sobre las turbias sombras de la semiinconsciencia y entonces, el ayuno de los más coloridos pétalos cesó. Sentí florecer sobre mis hombros la primavera, arrojando costillas abajo su perfume dulzón, hasta regar el seco suelo y convertirlo en verde hierba que ahora besa mis rodillas magulladas. Si la inspiración falleció, este debe de ser su más fiel homenaje póstumo. Me tienden la mano... si me conociese diría que voy a negar con la cabeza. Si me conociese...-No habrá jamás proverbio, evangelio, sura, lágrima o cicatriz, que en silencio confiese tanto como acaba de hacer mi corazón.

miércoles, 13 de abril de 2016

Apenas quedan tres abismos entre nosotros y  el consuelo de que algún "ojalá" amenizará estos 102 años luz que separan nuestras manos.Nuestros rasguños cicatrizarán dolorosamente añorando una gélida caricia mientras los besos que consiguieron escapar, se esconden de puntillas en tu nuca y amenazan con saltar al vacío. Quizá entonces dejaremos de ser las víctimas de la dulce ironía. Quizá entonces el karma nos dejará dar una bocanada de aire fresco, antes de estrangularme mientras miras temblando. Quizá entonces, sólo entonces, podré regalarte el último suspiro, el último te quiero y quizá entonces, sólo entonces, habría muerto de amor. Seré el mártir cupido, que prefirió lanzarnos el arco, en lugar de la flecha, para ser nosotros quien nos disparásemos en el pecho dándonos la espalda, fingiendo que tenemos una vida ajena al otro, solo para evitar vernos sangrar. Fingiré estar ciego para conseguir frenar el temor a ver tan siquiera un reflejo que se asimile a tu sombra... porque siento que una vez más el invierno se me escapa entre los dedos, y me duele. Casi tanto como duele el aire que nos separa, casi tanto como duele quererte. Casi tanto como "dueles tú" 

viernes, 1 de abril de 2016

Viejas glorias.

Sexo femenino.73 años. Estatura media-baja. Cabello rubio ceniza y escaso, pero la laca hábilmente ha conseguido disimularlo con estrictas ondas que parecen ser casi de hojalata. Pasos cortos pero veloces. Se desliza casi saltando con las puntas de sus pequeños pies. Parece tener prisa, pero en realidad huye de algo. ¿Profesión? Sus labores. ¿Intereses? Lo que no le interesa. ¿Aficiones? Hacer molde. Algunas veces ha intentado probar suerte con la repostería, pero no, no la ha tenido. Consigue arrastrar su figura resultona hasta el final de la escalinata de la iglesia.  Los acusados brochazos de colorete magenta parecen tener por fin un propósito ajeno a ser una evidencia de su vanidad desproporcionada, ahora escondían el rubor de sus mejillas por la fatiga. Suspira, se asegura de que su cabello sigue impoluto y emprende la entrada al templo. Accede por el pasillo izquierdo, moja sus rechonchos dedos de agua bendita y... ¿Se los lleva a la nariz? Celebraría con dicha que los niños de la calle contigua hubiesen cambiado el agua bendita por ginebra.
-No redimiría el pecado... Pero lo maceraría - Piensa en voz alta. Se santigua y se acerca a "su banco".
Reposa en él y tenuemente entorna sus ojos ante la sumisa mirada de María. Duerme. El sacerdote comienza la eucaristía con el sonido de los secos ronquidos que amenizan la velada. Su cuello cede hacia adelante bruscamente y su cráneo se balancea hacia adelante haciéndola despertar.
-¡Amén! - Exclama mientras se levanta exaltada y sale por donde entró. Moja sus dedos en el agua bendita y...ahora tiene la certeza de que no es ginebra. Fanática del paracetamol, las medias tupidas y Mocedades, pepera hasta el cartón, abandona la iglesia pensando en cómo contar de la manera más impactante lo bien que lo ha pasado a un polvoriento retrato del tamaño de una lata pequeña. Hoy ha abusado del Orfidal. Dormirá como un lirón, estará agotada.

lunes, 21 de marzo de 2016

Sadismo (Amén)

Sus ojos, azotados por ramas de rojo pasión, escupían acantilados de agua salada sobre sus mejillas. Sus piernas, temblorosas, se flexionaron sobre su lecho, coronado por un grueso crucifijo. Fueron entonces sus labios los testigos de su cínica parábola mientras alzaba la vista:
-Hoy mi oración está dedicada a ti. Quiero dedicarla a tus yagas, señor. A la herida supurante de controversia, borbotones de pecado, purgados con la más placentera penitencia. Quiero confesar que he amado... Tal y como usted, mi señor, susurró que hiciese. Como vos, fui juzgado por predicar el amor y por regocijarme de poder haberlo lanzado desde las más altas torres y haber sido testigo de como se despedazaba al caer contra el suelo. Confieso que arañé el cosmos para después acariciarlo con las yemas de mis dedos. Robé hasta el último suspiro de un beso,y pensé que me arrepentiría, pero no, padre, no me arrepiento, y eso es lo que oprime mi pecho. - Su respiración agitada zarandeaba su pecho sutilmente. -Arranqué mi piel a tiras con el único propósito de devorarme con ansias de conocer a qué sabía la gloria, alcé mis rasguños creyendo que serían la cumbre erógena de mi ser, y fue entonces cuando, gritando de dolor, disolví el orgasmo en litros de llanto, -Apenas podía respirar - Soy humano padre, con todo lo que eso conlleva. Soy el estamento más lúgubre de la sociedad marginal. Quiero su comprensión, no el consuelo ni el perdón, pues me duele hasta el respirar si pienso en ello, pero no, no me arrepiento. Busco en usted, padre, que sea mi confidente, no mi redentor. Hágase en mi su voluntad, Amén. - Y santiguándose, desabrochó su oscura sotana y descansó sobre el lecho gris,

miércoles, 9 de marzo de 2016

Interior.

Necesitaba que anocheciese, que el cielo comenzase a desprenderse en miles de perlas plateadas, que hicieran eco al implosionar en lo más recóndito de mi cráneo para vomitar esto.. Necesitaba sentir el frío, la ansiedad, o simplemente necesitaba sentir. Necesitaba creer que mi cuerpo no era una oquedad vacía apéndice de la existencia, Necesitaba jurar  que mi corazón sabe palpitar al ritmo de los pasos de un yo anterior, un alter-ego irreconocible que me mira tras el espejo. Necesitaba pensar que una dosis de antidepresivos calmaría la ardua sensación de depresión a la que me llevaba la inseguridad y el viento de un tifón oscuro cuyo nombre nadie quiere recordar, pero cuyo nombre es bien sabido por las abuelas que aterrorizan a sus nietos para que estos no dejen las tijeras abiertas sobre el sofá de terciopelo. Necesitaba apuñalar 21 veces lo existencial de mi ser, despegar de lo mundano y sobrevolar hacia un estado de trance disuasorio ante mi peor némesis. Necesitaba creer que mi peor enfermedad no era yo, que susurrando a mis sienes hacía temblar mis propias rodillas, pero les impedía caer. Necesitaba desfallecer, culminar esta burda obra de arte de trazo grueso en un lienzo que ya había sido pigmentado en los bellos colores que la madre naturaleza parió sobre mi paleta. Necesitaba saber que mi nombre no era un alias bajo el que se escondía la palabra cobardía, pero recordaba genuflexionarme sobre aquel semidios demoníaco,  alado y huesudo que me miraba sin el más mínimo ápice de  piedad y me arañaba con sus sucias uñas, cumbre de sus huesudos dedos, haciéndome memorizar acerca de la valentía que bajo mi mayor flaqueza, hizo a mi cabeza mantenerse altiva ante la cruel situación. Necesitaba la palidez de la ensordecedora y silenciosa soledad.  Necesitaba publicar en portada mi más arrolladora autodestrucción, con un titular que pudiese resumirse en la palabra decadencia. Necesitaba recurrir al oscuro romanticismo y también necesitaba un epitafio patético que no honrase mi ridiculo paso por la tierra, pero que hiciera sonreír al sepulturero en cuanto pasase una mano sobre mi olvidada y polvorienta lápida de mármol gris. Necesitaba tener la certeza de cosas que no tienen el más mínimo sentido de la razón, pero cuya presencia me habría llevado al ocaso de la desesperación, al borde de la gloria, de  sólo haberlas intentado tararear. No se trata de que te necesitase a ti... Se trata de que me necesitaba, más que nunca, a mi mismo, para destrozarme en silencio.