Sus ojos, azotados por ramas de rojo pasión, escupían acantilados de agua salada sobre sus mejillas. Sus piernas, temblorosas, se flexionaron sobre su lecho, coronado por un grueso crucifijo. Fueron entonces sus labios los testigos de su cínica parábola mientras alzaba la vista:
-Hoy mi oración está dedicada a ti. Quiero dedicarla a tus yagas, señor. A la herida supurante de controversia, borbotones de pecado, purgados con la más placentera penitencia. Quiero confesar que he amado... Tal y como usted, mi señor, susurró que hiciese. Como vos, fui juzgado por predicar el amor y por regocijarme de poder haberlo lanzado desde las más altas torres y haber sido testigo de como se despedazaba al caer contra el suelo. Confieso que arañé el cosmos para después acariciarlo con las yemas de mis dedos. Robé hasta el último suspiro de un beso,y pensé que me arrepentiría, pero no, padre, no me arrepiento, y eso es lo que oprime mi pecho. - Su respiración agitada zarandeaba su pecho sutilmente. -Arranqué mi piel a tiras con el único propósito de devorarme con ansias de conocer a qué sabía la gloria, alcé mis rasguños creyendo que serían la cumbre erógena de mi ser, y fue entonces cuando, gritando de dolor, disolví el orgasmo en litros de llanto, -Apenas podía respirar - Soy humano padre, con todo lo que eso conlleva. Soy el estamento más lúgubre de la sociedad marginal. Quiero su comprensión, no el consuelo ni el perdón, pues me duele hasta el respirar si pienso en ello, pero no, no me arrepiento. Busco en usted, padre, que sea mi confidente, no mi redentor. Hágase en mi su voluntad, Amén. - Y santiguándose, desabrochó su oscura sotana y descansó sobre el lecho gris,
lunes, 21 de marzo de 2016
miércoles, 9 de marzo de 2016
Interior.
Necesitaba que anocheciese, que el cielo comenzase a desprenderse en miles de perlas plateadas, que hicieran eco al implosionar en lo más recóndito de mi cráneo para vomitar esto.. Necesitaba sentir el frío, la ansiedad, o simplemente necesitaba sentir. Necesitaba creer que mi cuerpo no era una oquedad vacía apéndice de la existencia, Necesitaba jurar que mi corazón sabe palpitar al ritmo de los pasos de un yo anterior, un alter-ego irreconocible que me mira tras el espejo. Necesitaba pensar que una dosis de antidepresivos calmaría la ardua sensación de depresión a la que me llevaba la inseguridad y el viento de un tifón oscuro cuyo nombre nadie quiere recordar, pero cuyo nombre es bien sabido por las abuelas que aterrorizan a sus nietos para que estos no dejen las tijeras abiertas sobre el sofá de terciopelo. Necesitaba apuñalar 21 veces lo existencial de mi ser, despegar de lo mundano y sobrevolar hacia un estado de trance disuasorio ante mi peor némesis. Necesitaba creer que mi peor enfermedad no era yo, que susurrando a mis sienes hacía temblar mis propias rodillas, pero les impedía caer. Necesitaba desfallecer, culminar esta burda obra de arte de trazo grueso en un lienzo que ya había sido pigmentado en los bellos colores que la madre naturaleza parió sobre mi paleta. Necesitaba saber que mi nombre no era un alias bajo el que se escondía la palabra cobardía, pero recordaba genuflexionarme sobre aquel semidios demoníaco, alado y huesudo que me miraba sin el más mínimo ápice de piedad y me arañaba con sus sucias uñas, cumbre de sus huesudos dedos, haciéndome memorizar acerca de la valentía que bajo mi mayor flaqueza, hizo a mi cabeza mantenerse altiva ante la cruel situación. Necesitaba la palidez de la ensordecedora y silenciosa soledad. Necesitaba publicar en portada mi más arrolladora autodestrucción, con un titular que pudiese resumirse en la palabra decadencia. Necesitaba recurrir al oscuro romanticismo y también necesitaba un epitafio patético que no honrase mi ridiculo paso por la tierra, pero que hiciera sonreír al sepulturero en cuanto pasase una mano sobre mi olvidada y polvorienta lápida de mármol gris. Necesitaba tener la certeza de cosas que no tienen el más mínimo sentido de la razón, pero cuya presencia me habría llevado al ocaso de la desesperación, al borde de la gloria, de sólo haberlas intentado tararear. No se trata de que te necesitase a ti... Se trata de que me necesitaba, más que nunca, a mi mismo, para destrozarme en silencio.
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