Necesitaba que anocheciese, que el cielo comenzase a desprenderse en miles de perlas plateadas, que hicieran eco al implosionar en lo más recóndito de mi cráneo para vomitar esto.. Necesitaba sentir el frío, la ansiedad, o simplemente necesitaba sentir. Necesitaba creer que mi cuerpo no era una oquedad vacía apéndice de la existencia, Necesitaba jurar que mi corazón sabe palpitar al ritmo de los pasos de un yo anterior, un alter-ego irreconocible que me mira tras el espejo. Necesitaba pensar que una dosis de antidepresivos calmaría la ardua sensación de depresión a la que me llevaba la inseguridad y el viento de un tifón oscuro cuyo nombre nadie quiere recordar, pero cuyo nombre es bien sabido por las abuelas que aterrorizan a sus nietos para que estos no dejen las tijeras abiertas sobre el sofá de terciopelo. Necesitaba apuñalar 21 veces lo existencial de mi ser, despegar de lo mundano y sobrevolar hacia un estado de trance disuasorio ante mi peor némesis. Necesitaba creer que mi peor enfermedad no era yo, que susurrando a mis sienes hacía temblar mis propias rodillas, pero les impedía caer. Necesitaba desfallecer, culminar esta burda obra de arte de trazo grueso en un lienzo que ya había sido pigmentado en los bellos colores que la madre naturaleza parió sobre mi paleta. Necesitaba saber que mi nombre no era un alias bajo el que se escondía la palabra cobardía, pero recordaba genuflexionarme sobre aquel semidios demoníaco, alado y huesudo que me miraba sin el más mínimo ápice de piedad y me arañaba con sus sucias uñas, cumbre de sus huesudos dedos, haciéndome memorizar acerca de la valentía que bajo mi mayor flaqueza, hizo a mi cabeza mantenerse altiva ante la cruel situación. Necesitaba la palidez de la ensordecedora y silenciosa soledad. Necesitaba publicar en portada mi más arrolladora autodestrucción, con un titular que pudiese resumirse en la palabra decadencia. Necesitaba recurrir al oscuro romanticismo y también necesitaba un epitafio patético que no honrase mi ridiculo paso por la tierra, pero que hiciera sonreír al sepulturero en cuanto pasase una mano sobre mi olvidada y polvorienta lápida de mármol gris. Necesitaba tener la certeza de cosas que no tienen el más mínimo sentido de la razón, pero cuya presencia me habría llevado al ocaso de la desesperación, al borde de la gloria, de sólo haberlas intentado tararear. No se trata de que te necesitase a ti... Se trata de que me necesitaba, más que nunca, a mi mismo, para destrozarme en silencio.
miércoles, 9 de marzo de 2016
Interior.
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