Sus ojos, azotados por ramas de rojo pasión, escupían acantilados de agua salada sobre sus mejillas. Sus piernas, temblorosas, se flexionaron sobre su lecho, coronado por un grueso crucifijo. Fueron entonces sus labios los testigos de su cínica parábola mientras alzaba la vista:
-Hoy mi oración está dedicada a ti. Quiero dedicarla a tus yagas, señor. A la herida supurante de controversia, borbotones de pecado, purgados con la más placentera penitencia. Quiero confesar que he amado... Tal y como usted, mi señor, susurró que hiciese. Como vos, fui juzgado por predicar el amor y por regocijarme de poder haberlo lanzado desde las más altas torres y haber sido testigo de como se despedazaba al caer contra el suelo. Confieso que arañé el cosmos para después acariciarlo con las yemas de mis dedos. Robé hasta el último suspiro de un beso,y pensé que me arrepentiría, pero no, padre, no me arrepiento, y eso es lo que oprime mi pecho. - Su respiración agitada zarandeaba su pecho sutilmente. -Arranqué mi piel a tiras con el único propósito de devorarme con ansias de conocer a qué sabía la gloria, alcé mis rasguños creyendo que serían la cumbre erógena de mi ser, y fue entonces cuando, gritando de dolor, disolví el orgasmo en litros de llanto, -Apenas podía respirar - Soy humano padre, con todo lo que eso conlleva. Soy el estamento más lúgubre de la sociedad marginal. Quiero su comprensión, no el consuelo ni el perdón, pues me duele hasta el respirar si pienso en ello, pero no, no me arrepiento. Busco en usted, padre, que sea mi confidente, no mi redentor. Hágase en mi su voluntad, Amén. - Y santiguándose, desabrochó su oscura sotana y descansó sobre el lecho gris,
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