Él, parecía dosificar sus más profundos sentimientos en un sutil abrazo mientras ella, débil y casi dormida, se refugiaba tímidamente en su pecho enredándose en las sábanas. Estas parecían impedirle huír cuando sus secos labios consiguieron recitar las palabras más duras que Bruno podría escuchar en esos instantes:
-Bruno... ha llegado el momento de que me vaya.
-No... no...-tartamudeó nervioso-no puedes irte aún...
Y la respiración entrecortada de él comenzó a constituir la banda sonora del apocalíptico suceso mientras ella asentía con los ojos cerrados.
-Cada noche prometías quedarte mientras pudieras y siempre acababas marchándote con la luna... y creo que ignorabas lo que eso significaba para mí.- Comenzó a confesar bajo la apesadumbrada mirada de Claire.- Fingí 32 veces de las que te marchaste sin avisar que no me importaba, que habrían 32 noches más donde te quedarías algún día hasta el atardecer. Fingí no escuchar tus pies aleteando descalzos por el suelo del pasillo,fingí que no era amor... pero tú fingiste sentirlo y... ¿Sabes qué? Fue la mentira más apasionante con la que me han enamorado en mi vida.
Ella, inmóvil, dejó caer una lágrima sobre la almohada y utilizó su silencio como una súplica hacia Bruno, que con cada reproche intentaba enterrar lo mucho que la quería, ahogando su desesperación, que con las manos arrugadas, conseguía bracear y patalear a la superficie una vez más.
-Quizá no fuimos la pareja perfecta, pero eso fué lo más heroico.-Continuó- Nos cubrimos con nuestros complejos, enmarcamos nuestras imperfecciones y nos soplamos el humo del cigarrillo en la cara haciéndonos enfadar, mojando el desdén con el sudor de nuestros cuerpos. Tú gritabas cada vez que te daba la gana que me querías y yo fingía que no me moría por dentro. La gente nos miraba y... ¿sabes qué? Me importaba una mierda todo lo que no calzase tus zapatillas naranjas. Si es lo que quieres... márchate, como cada mañana.-Suspiró, e intentando no mirarla fijamente, secó una lágrima que brotó de su ojo izquierdo a lo largo de su antebrazo para simplemente hacerse creer que no merecía la pena llorar, pero ambos sabían que esa no era una mañana más y que, ni mucho menos, sería una cualquiera.
-Bruno...-Musitó Claire ahogándose en sus propios suspiros, siendo de nuevo interrumpida por él:
-Llegaste como te ibas, apenas sin hacer ruido, pero tu presencia suponía el más ensordecedor alboroto dentro de mi pecho, aunque tú creas que es sólo un chasquido porque así lo aparenta ser desde el lugar desde el que me miras. Rompiste mis esquemas, desordenaste mi escritorio, mezclaste mis libros viejos y, mientras subías las persianas decidiste predicar que el mejor café era el que se servía frío. Y ahora, no te puedes ir. No quiero que te marches, de hecho, tú no quieres marcharte. Dime que no te quieres marchar.
Bruno temía a lo que Claire pudiese llegar a decir antes de alejarse. Sus palabras siempre le suponían un tornado de sugerencias que acababan por darle la vuelta a sus planes y sus planes ahora, consistían en engañarla lo máximo que pudiese para escupirle la verdad, pero sus últimas palabras retumbaron en sus sienes haciendo que la abrazase más fuerte y llorase como un niño.
-No Bruno, esta vez no me quería marchar.
Los sollozos de Bruno fueron la mortaja del último beso, tan apocalíptico como ella lo era, y un aleteo de alaridos, guantes de látex, condolencias, gritos y un pitido sutil, arrollaron a ambos sobre la habitación del hospital.
Si, quizá ella se marchó una mañana más, pero los últimos latidos de su corazón sobre la camilla, se quedaron con él para siempre.
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