La angustia y la amargura son los sabores tardíos del argot de los enamorados sobre la lengua, habiéndose enamorado como el que cata un vino, cuyos sorbos duelen tanto como mitigan la añoranza de un sentimiento enfermizo que algunos osan llamar amor.
Lo amargo de este es que no tiene antídoto que no sea él en sí. Lo que te destruye acaba siendo cuando descubres que es inútil correr, porque arañó , rompió y penetró con sus raíces tu pecho y... ahora es parte de ti.
Quizá el silencio fue un comodín que decidimos jugar, pero es injusto. Tardaste lo que vive un relámpago sobre el firmamento en sellar la cerradura para marcharte mientras ahora, yo, tardaré mil y una tormentas en olvidar tu voz, y que los truenos se atrevan a enmudecerme, que en silencio gritaré por tu ausencia.
Algún recuerdo tuvo que haberse volatilizado y disipado en la nada para armarte de valor. Alguien o algo tuvo que empujarte a tí fuera de nuestro pedestal y a mi fuera de tu mundo.Así finalizó lo que comenzó cuando sentí que no bastaba con tener motivos para adorarte y entonces, la valentíá, la osadía y el atrevimiento, decidieron hablar sin pedir la palabra.
Las estrellas, en realidad sedientas e insaciables, se resignaron a guardar silencio y observar tu partida, y con ella, la mía, pues cada paso que dimos juntos hizo que doliese más cada paso de diste sin mi. Porque lo nuestro fue como algo que nunca ha sido y dolorosamente acabó durando lo que dura algo que jamás ha existido.
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